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domingo, 12 de septiembre de 2010

Año 1900. Jornales y subsistencia

 Panorama de un siglo
Por jornal entendemos toda contraprestación dineraria percibida por un asalariado como fruto de su trabajo. El propio concepto de “jornal-jornada” establece un valor compensatorio por tiempo, el llamado precio justo del trabajo, que se calcula tomando como unidad la hora, o sea dividiendo el jornal entre el número de horas de la jornada de trabajo. Cuanto mayor es ésta (inclúyanse o no como parte del mismo las horas extras), tanto menor es el salario. La evolución del montante de los jornales en nuestra población se corresponderá con la experimentada en el resto de los pueblos de la comarca, con muy ligeras excepciones.
En 1832 un jornal campesino en Calpe se regulaba en 3 reales de vellón por nueve horas de trabajo. (El Ayuntamiento paga en este año 21 reales por siete jornales para dar salida a aguas rebalsadas). El alquiler de una vivienda tipo en el casco urbano de la villa se cifra en 10 reales mensuales. (Renta que abona el consistorio a un particular por el arrendamiento de la casa del médico titular). La ración de pan, que no excedería los 200 gramos, venía a costar unos 26 maravedíes (precio al cual suministra el Ayuntamiento a las fuerzas militares), valor que deja el coste del kilo de pan en 3 reales y 28 maravedíes.
En este mismo año, nuestro maestro de primeras letras percibe un salario anual de 752 reales, sueldo que dividido por el coste de un jornal del momento, supone un total de 250 días trabajados. Esta proporción indica que este emolumento era poco crecido, aunque ventajoso para el perceptor por la seguridad de su cobro y la ausencia de trabajo físico.
A mediados de siglo, el jornal de un bracero asciende a unos 5 reales, estipendio que permanecerá estable durante buena parte de la segunda parte de la centuria. (En 1858 el Ayuntamiento abona al albañil Juan Ivars 50 reales por su trabajo en las mejoras en la casa consistorial, a razón de 10 reales diarios durante cinco días; a su peón 5 reales y medio por el mismo período. El carpintero Juan Femenía recibirá 22 reales por cuatro días de faena, aportando el Ayuntamiento los materiales.)
Cinco años antes, en 1853, el secretario municipal disfrutaba un salario anual de 3.000 reales, que dividido por el coste de un jornal del momento, suponía un total de 600 días trabajados por un jornalero: la mitad del cálculo para un guarda rural, que entonces percibía la suma de 1.500 reales anuales.
En 1881 el Ayuntamiento de Calpe responde a un cuestionario dirigido a documentar la situación económica agrícola provincial con vista a crear las bases del establecimiento de crédito para los productores del campo. La secretaría calpina expone que el jornal medio es de 1,25 pesetas (5 reales). Hay diferencia según la clase de trabajo: en los trabajos ordinarios no es tan crecido el salario porque no necesita sus fuerzas como en el extraordinario, hacer márgenes de piedra, poda, limpieza de arbolado, y remover la tierra a la profundidad de un metro.
Este estancamiento en los salarios favorece la emigración a Argelia, donde los jornales eran abonados en francos, con una revaloración al cambio de entre el 30 y 50%. En apenas tres meses quedaba ganado la mitad del sueldo de todo un año. Hacia 1893, los jornales se acercan a las dos pesetas (1,85), siendo el coste de un kilo de pan de 50 céntimos, y un kilo de patatas de 12. El litro de aceite rondaba el precio de 1 peseta.
Hacia 1905 el montante de jornales no ha sufrido cambios. (El Ayuntamiento abona 7,50 pesetas por cinco días trabajados, mejorando este total en un jornal más, hasta 8,75 pesetas, por aportar el contratado a las labores su caballería). El alguacil municipal percibe la suma de 550 pesetas anuales, sueldo que dividido por el coste de un jornal del mismo año, regula un total de 440 días trabajados por un bracero.
En 1922 los jornales ascienden hasta las 6 pesetas.
El mundo de la mar, en cuanto a su organización productiva, conserva su propio sistema de retribuciones que se basa en la más antigua tradición. Con ligeras excepciones la costumbre, en la pesca de parejas, es en primer término el cubrir las necesidades alimenticias de la tripulación. Del excedente se consignan dos partes. Una que queda para la barca –no necesariamente propiedad del patrón- y otro para repartir entre los marineros. El patrón cobra dos partes o una y media. Los gastos de mantenimiento eran de parte del armador, siendo de los marineros los de mantenimiento de redes y aparejos.
Altamira establece para los pescadores de bol unos acuerdos particulares: “se distribuyen las ganancias: el 35 por 100 para los que penetran en el mar y palmotean la superficie de las aguas con objeto de ahuyentar los peces hacia la bolsa de la red; del resto (65 por 100) se hacen dos partes iguales: una para el dueño del copo; y las otras dos por igual, para los demás pescadores, salvo los que van en la lancha para tender la red, que cobran parte y media. A tirar de la cuerda para extraer el bol, son admitidos cuantos lo deseen”.
José Luis Luri Prieto

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