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domingo, 5 de septiembre de 2010

La casa de campo calpina

Como indicamos anteriormente ha sido nuestro deseo al realizar esta obra, el no reiterarnos en temas ya tratados; los trabajos de Seijo o del Rey Aynat han documentado la tipología de la vivienda rural comarcal en sus aspectos arquitectónicos. Nosotros complementariamente aportaremos nuestro grano de arena desde un punto de vista diferente, el que afecta al pequeño maestro de obras, o al campesino involucrado en su tarea de  alarife.

La casa de campo es la casa del labrador, edificación dispersa de carácter rural. En la mayoría de los casos no se trata de la vivienda habitual de su propietario, que se encuentra situada en el núcleo de la villa, sino de una segunda vivienda adaptada a las exigencias del trabajo de la agricultura y la ganadería doméstica, ocupaciones que le dan sentido.

La casa de campo, su tamaño, su fábrica, condicionan la vida del  trabajador de la tierra: le facilita refugio ante las inclemencias  atmosféricas, ofrece un lugar seguro para el almacenaje de aperos y  cosechas, y permite la estancia por días o temporadas que, cuando las condiciones de habitabilidad lo propician, puede alargarse durante todo el período de labor estival. En otras ocasiones las edificaciones se agrupan  en un pequeño núcleo de viviendas, casi apiñadas, que forman un caserío que conserva su vida y tradiciones propias al ser habitado durante todo  por sus vecinos, unidos en la endogamia del parentesco directo o muy cercano.

 La vivienda rural del terrateniente foráneo suele ser de mayores  dimensiones y es ocupada habitualmente por el aparcero o arrendatario de  las tierras en las que se enclava, donde vive con su familia y cuya posesión transmite de generación en generación.


Estos aspectos generales desvelan la gran importancia de la vivienda  campesina tanto en el paisaje rural exterior como en el paisaje interior  humano. Si el sentido de la propiedad es consustancial a nuestro género, y  refiriéndonos a la propiedad de la tierra con más acentuada trascendencia,   la edificación de la caseta de campo sobre el propio terruño es una  aspiración por la que suspiran las familias en relación directa al número de hijos y las posibilidades económicas.
A finales del siglo XIX el número de viviendas rurales calpinas no  superaba las trescientas. La vida del campo, ya desde mediados de la centuria se había tornado más segura; las murallas de la villa habían comenzado a perder su sentido, disipados los temores de nuevas afrentas  provenientes de ultramar, y en algunos de sus tramos las defensas habían  comenzado a ser demolidas para facilitar la expansión del núcleo urbano.
 En estos años comienzan a aparecer dispersoos por el campo los riu raus, florece el comercio de la pasa con el dinero inglés, sueco y americano, y  las casas encaladas, entre bancales esmeradamente cultivados, se presentan  bellas, sin aditamentos protectores como antaño, sin matacanes, aspilleras  o baluartes, afanadas en mejorar la existencia de sus ocupantes, sometidos  a una vida dura de trabajo fatigoso y digno.

 Los materiales constructivos los encuentra el labrador en su entorno  natural. Agua, tierra y fuego son los elementos básicos, sabiamente  combinados por el arte ancestral. Para los antiguos la tierra era de tres  tipos: la propia tierra como la conocemos, ligera, sutil, obediente a dejar y tomar humedad quedando esponjosa; la arcilla, pegajosa y tenaz, resistente a la penetración del agua, y finalmente la arena, de grano con cuerpo, sólido, de pequeños cristales trasparentes inflexibles, difíciles de juntar. Para los romanos la piedra, elemento indispensable, era  conocida por la voz glarea o silex. La glarea era de pequeño tamaño, grava o guijarro, ripio. El silex era una roca de mayor dimensión que según su solidez se conocía como mármol cuando era de grano fino, tosca cuando su textura era esponjosa, o rodeno cuando se utilizaba para amolar cuchillos.

 Aplicando fuego a la piedra dura y de sonido agudo y metálico al golpe, la industria del hombre obtenía la cal. Todavía se conserva alguna calera de las utilizadas para obtener ese entonces importante material de obra. El oficio de calero iba muy ligado al de carbonero, ya que  aprovechaban la rama que queda después de producir el carbón para hacer funcionar los hornos.
 Para construir la calera se escogía un paraje con piedra en abundancia, habilitando un talud que facilitase la carga. Se hacía un agujero u olla y se revestía con una pared de piedra, con revoque de cal,  y se dejaba una abertura lateral, portada, y otra cenital. La obtención de  la cal hacía necesaria la construcción de una obra efímera, de piedra en  seco, dentro de la estructura anteriormente descrita. De esta manera se iniciaba mamposteando el interior de la calera que se levantaba al  principio recta para después a un metro más o menos de altura, comenzar a  disponer el material abovedado. La colocación de la piedra venía impuesta  por la necesidad de cocerla bien. De esta forma las unidades más pequeñas  se colocaban abajo y se aumentaba la dimensión a medida que subía la  bóveda con la ayuda de haces de leña colocados en la parte inferior. Hoy  todavía aún podemos encontrar restos de estas construcciones en la partida del Barranco Salado. 


La roca cocida, desprovista de partículas húmedas y penetrada de fuego, mudaba de especie sin perder el betún que unía sus partes. El grado de cocimiento en el que se debía de calcinar la piedra dependía de la  calidad de la misma, pero generalmente se dejaba consumir hasta su tercera  parte. Los hornos debían de trabajar entre tres y cuatro días hasta ver desechos los cascajos en su interior sin desprender un humo oscuro sino sutil y purificado. La cal debía aparecer desmenuzada, no en terrones,  blanca y estrepitosa al agua, exhalando su vapor acre. Para Vitruvio, uno  de los padres de la arquitectura, la cal de mejor calidad era la que no tenía tierra mezclada, y se conocía si estregada crujía o rechinaba, y  echada sobre el vestido y después sacudida, no dejaba polvo ni reliquia alguna.

 A fin de permanecer en el lugar el tiempo que duraba la cocción, los  caleros construían pequeñas edificaciones para dormir, comer o resguardar el animal de carga, todas ellas de factura idéntica a las del carbonero.

 Uniéndose la cal a la arena y el agua se fabricaba la argamasa, imprescindible para la unión de distintos materiales, a la que en ocasiones, cuando las posibilidades lo permitían se le agregaba polvo de teja o ladrillos, aunque habitualmente, de añadírsele algo, era más tierra que arena.

La piedra cortada y trabajada, llamada de sillar o piedra cuadrada,  se utiliza raramente, sólo en las edificaciones más ricas como cantoneras, esto es los encuentros de muro en las esquinas, trabados para darle solidez a la obra.

 Dándole fuego a la arcilla moldeada, el hombre fabricaba tejas, pastillas de barro y ladrillos en las teuleras. La época de otoño y  primavera eran las más propicias pues en invierno, no pudiendo secar del  todo el material, podía desamoldarse, y en verano por demasiado calor abría grietas. Se le aplicaba fuego de tres días con arte en el cocimiento  ya que de dejarlas demasiado crudas quedaban flojas, y vidriosas y  quebradizas, a la vez que pegadas unas con otras, si el calor era excesivo.

 La madera era otro elemento muy importante junto a la caña, troncos de algarrobo, almendro, olivo, pino. Los pinos, cuando crecían rectos se cuidaban y respetaban para su uso futuro. Cortados en luna menguante hasta  el corazón pero sin llegar a cortarlos del todo sobre su pie, destilaban  su humor dañoso secando lentamente. De otra suerte, comprimiendo aire y  sol las cicatrices de sus venas, quedaría cerrado, fomentando su  corrupción y carcoma. Las cañas aparecían en los cuidados cañaverales de los barrancos para permitir la fabricación de los cañizos. Las casas  calpinas se suministraban principalmente de las plantaciones del Quisi.  Este comercio dio lugar al oficio del cañero que cuidaba, limpiaba y  podaba los márgenes de los barrancos, permitiendo el crecimiento de las  cañas hasta una determinada medida, y luego secaba, pelaba y cosía según  la demanda. En algunos momentos de la edificación de la casa la caña se  utilizaba sin pelar y se colocaba y cosía in situ.


Como hemos visto el labrador halla en su entorno gran parte de los  materiales necesarios para acometer los trabajos de la edificación, aunque necesita adquirir otros que son los que realmente le suponen un esfuerzo  económico que condiciona la magnitud de la obra y la robustez y calidad de su fábrica. La mano de obra la encuentra entre sus familiares, vecinos o  amigos, quienes permutan las obras empleadas en estas labores por otras prestaciones por parte del promotor de la vivienda. Así labrar dos  jornales de terreno con mulo propio podía satisfacer dos jornadas levantando muros o confeccionando cañizos en justa compensación.

 Una vez escogido el emplazamiento idóneo, el hombre de campo orienta  la edificación a levante, sol saliente. Con ello busca la sombra en verano  y el sol del invierno. En otras ocasiones se encara la casa al sur para  evitar los vientos dolientes. En Calpe se dan algunos casos de viviendas orientadas al norte, en especial las próximas al Saladar; no olvidemos la  incidencia en el pasado de infecciones y tercianas producidas por sus  aguas estancadas.

Los maestros albañiles participan profesionalmente en la edificación de viviendas rurales de cierta envergadura, aunque en la mayoría de los casos participaban con su asesoramiento en los proyectos más modestos.

 Unas rayas sobre el papel, a modo de croquis, distribuye las  estancias, disposición y tamaño de la construcción atendiendo a sus  cánones tradicionales, los cultivos de las tierras en que se levantará, extensión de las fincas afectas a la unidad de producción, y  principalmente a la capacidad económica del agricultor.

 El replanteamiento se realiza con cañas rectas, de longitud pareja, que servirá de guía a la hora de situar la futura edificación sobre el  terreno. Un cordel de esparto, atado a las cañas clavadas en el firme, dibuja la planta de la construcción y escuadra los ángulos a partir del cálculo de diagonales idénticas. El replanteo es normalmente dirigido por algún albañil local, quien tras la cuidadosa faena era agasajado con una  comida, matando una gallina o un conejo, que reunía a las dos familias en  celebración solidaria y jubilosa.

Sobre el cordel se abrían zanjas de unos ochenta centímetros de  anchura profundizando hasta hallar seguro el terreno, firme. Se cavaba a  golpe de pico aunque en ocasiones se ayudaban de arado y caballería.  Limpias las zanjas se llenaban de un lecho de cascotes, ripios y argamasa  a modo de cimientos que solían compactarse a golpe de pisón. El pisón era un artilugio, normalmente de madera, con dos empuñaduras para que pudiera  ser utilizado por dos individuos. Por regla general la profundidad de  estos cimientos resultaba una cuarta parte de la altura de los muros a   levantar.

 Los muros contaban con una sección de dos palmos, de cincuenta a  sesenta centímetros. Sobre la cimentación abierta, principiaban intentando colocar piedras más voluminosas en las primeras hiladas y en los ángulos  de la edificación para consolidarla y evitar que las muradas abrieran. La  piedra era arrancada de canteras próximas, lo que dotaba a las casas de la  vecindad de una textura y color particular.

La murada de piedra arrancaba de la cimentación rellenándose la  zanja con ripios y tierra; la altura de la planta solía alcanzar los dos metros ochenta centímetros. Los muros no se ataban, se cuidaba que las  piedras más largas se cruzaran en las esquinas, en los encuentros, para unir muros y abrazar las paredes. El enrasado se hacía tomando como nivel  el del mar siempre que esta solución fuera posible; en el caso de que éste no estuviese a la vista se calculaba con cañas parejas, sacando los niveles a ras del suelo.

La coronación de los muros se igualaba con barro y se preparaban los  vuelos del tejado colocando pastillas de barro en hilera. Este ornamento,  indispensable para la construcción y reparto de voladas y tejado, variaba según las posibilidades del agricultor o dimensión de la obra. A veces se  contemplaba hiladas de hasta tres; la tercera se colocaba una sí y una no, que se llamaban claras, separadas, sobre las que se colocaba el río de la  teja, y la cubierta las otras dos. Este reparto facilitaba la colocación de los tejados sobre la cubierta. La teja se fijaba a ésta con barro y  argamasa.

 La carpintería es el elemento más costoso para el siempre pequeño presupuesto del modesto labrador, y además precisaba de participación profesional. Por ello era muy frecuente la colocación de cortinas, telas de gallinero, ventanas de hoja de tabla, etc... La ausencia de cristal es total. El portón normalmente si debía de ser confeccionado por un  carpintero.

La cocina consistía en un banco de granito de hormigón de gravilla  de barranco, con una solera de unos tres centímetros, bruñido con palustre muy fino, construyéndose in situ.

La chimenea se sitúa preferentemente frente a la puerta de entradapara facilitar el tiro con la corriente de aire. El hueco del hogar se tapia exteriormente, en ocasiones con losas de piedra arenisca. El tiro se revoca en su interior con yeso, por su resistencia al fuego. La coronación del hogar se soluciona con yeso y caña, dando formas decorativas al utilizar cimbras de madera o lata como plantilla.

 El enlucido exterior se consigue llenando agujeros y huecos con  argamasa y barro, y recubriendo la piedra; en otras ocasiones se deja vista y posteriormente se encala. Interiormente a las paredes se les  aplica mayor cantidad de yeso, tras igualar los muros con barro. Se encala también en ocasiones con fines higiénicos y sanitarios.

La pintura se obtiene mezclando tierra de color con agua. También se aplica el azulete utilizado para lavar o tinturas ocres. En algunas  construcciones se realizan interiormente zócalos de una altura de ochenta centímetros, decorados con motivos repetidos como orlas; para ello se  utilizan plantillas de cartón vaciados sobre los que se aplica pintura.
 A modo de protección, la rejería de hierro es muy costosa, se cruzan en los ventanucos palos o troncos embutidos en la obra. La cerrajería la proporciona el herrero, aunque las primeras viviendas contaban siempre con bisagras de madera.

 En el umbral de la casa se sitúa un escalón de piedra trabajada en  cantería para evitar las corrientes de aire y actuar como tope del portón.
El piso hasta el patio o corral, por el paso de las caballerías, se fabrica con pastillas de barro más resistente, colocados entrelazadamente. En ocasiones se dispone de una alfombra de esparto desplegada. 
Los tejados y cubiertas se construyen en el sitio colocando cañizos  sobre el envigado de madera. Las cañas se aparejan a la inversa, cosiéndolas con aguja y sedal de esparto. La aguja tenía forma de  herradura para facilitar el cosido, toda vez que las cañas quedaban fijas mientras que el práctico se encontraba trabajando sobre cubierta. Los cañizos tenían una medida de dos metros por uno cincuenta. Las cubiertas de caña posteriormente se dejaban vistas en las cambras, enluciéndose en  el resto de las estancias con yeso. 


 Los forjados se construían de forma parecida, también sobre viguetas de madera., reforzando el firme con un manto de yeso al que se le añadía  cascos de teja e incluso cáscara de almendra. Los troncos de algarrobo,  almendro u olivera se utilizaban como jácenas y cumbreras. Algunos  forjados se realizaban con bóvedas cóncavas para las que se utilizaba unas  cinchas de madera fabricada con largas y estrechas filas de tabla que  moldeaban el yeso.

 El pozo se construye alternativamente en el interior de la vivienda  o como elemento exento. Se solía construir al iniciar las obras para  aprovechar rocas y piedras del vaciado. El vaso tenía forma de pera,  aunque en su interior se localizaban pequeños refugios para el pozero o incluso alteraba su forma si se debía evitar alguna masa rocosa. Las  paredes del vaso se compactaban con argamasa y posteriormente se enlucían.  El trabajo se hacía a golpe de pico, retirando el escombro con capazos.  Posteriormente se construía la capilla y el safareig.

 Un elemento particular de la casa de campo, de marcado carácter comarcal y del que en Calpe contamos con bellos ejemplos es el riu rau.  Éstos eran levantados a ras del suelo, respetando el nivel del firme, por lo que nos encontramos con secaderos en pendiente con un desnivel de hasta  dos metros. Inicialmente se levantaban las columnas a una altura de un  metro veinte y entre ellas se erigía un soporte efímero en el que se  disponía una cincha fabricada con cañas. Sobre la misma se colocaban las  pastillas de barro que dibujarían la bóveda. Cada pastilla tenía su caña de la misma longitud. El yeso depositado sobre los ladrillos unido a la piedra pronto consolidaba, retirándose soportes y cincha e iniciando la siguiente arcada. El piso de la nave del riu rau era de losas de piedra  extraídas principalmente de la cantera de la Ermita del Salvador. A su vez  muchas casas de campo contaban con elementos en piedra tosca, extraída ésta de la cantera de los Baños de la Reina.

 Nos agradaría aportar nuestra propia clasificación según los tipos de  edificación dispersa observados en nuestro término, de una forma somera, y  reducida a cinco tipos, sin entrar en variaciones y especificaciones  arquitectónicas:

 a.- La Masía Fortificada: contamos con un único ejemplar, la Casanova,  construcción singular que datamos del siglo XVII, y que analizaremos en su  momento.

b.- La Masía del siglo XVIII-XIX: edificaciones en dos alturas con dos crujías paralelas a fachada, cuya longitud puede variar de 12 a 16 metros.
 Suelen aparecer en predios de mediana extensión, y cuentan con naias o riu raus anejos levantados posteriormente. Ejemplos: Masía del Plá de Feliu,  «Calvos», Calalga, Águeda, etc...

 c.- La Masieta, principalmente del siglo XIX: con las mismas  características que la anterior. Su fachada no excede de los 8 metros y suele ser de planta cuadrada. Se ubica en terrenos no aptos para el  cultivo de la viña. Carece de riu rau pero se le adosa posteriormente una  naia.

 d.- La Casa de labor-riu rau del siglo XIX: en la que el cobertizo  porticado es parte esencial de su morfología. Se construyen en dos plantas  y se sitúan en las pequeñas heredades en las que se cultiva la vid.

 e.- La Caseta de Aperos, de distintas épocas: edificadas en una sola  planta, su fachada no supera los 6 metros ni su fondo los 5. Su única  nevada suele verter a fachada.
 No debemos dejar de señalar que la casa de campo, a lo largo de su  existencia, sufre diversas modificaciones, y las variaciones dependen del presupuesto, necesidades y gusto de su propietario.
Del libro Calpe, Tierra y Almas de José L. Luri y José  A. Sala
 
                           

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