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domingo, 12 de septiembre de 2010

El Molino del Morelló

Desde los comienzos de la civilización el hombre se ha beneficiado de los distintos tipos de cereales para fabricar el pan, pan que ha variado según las zonas y las culturas de los distintos pueblos.
Probablemente el método de molturación mas primitivo haya sido el empleo de dos piedras, mas o menos duras, planas y pulidas, entre las que se machacaban los cereales hasta conseguir una harina con la suficiente finura, para ser asimilada por el organismo, se puede decir que este fue el primer antecedente de la fabricación de pan.
La utilización de los más variados instrumentos, por percusión o rozamiento, permitiendo moler los granos de los distintos cereales, se remontan a las sociedades preagrícolas y agrícolas del Neolítico. En las excavaciones arqueológicas se encuentran con frecuencia unos tipos de molinos consistentes en un piedra con la parte superior cóncava sobre la que se hacia girar una pieza del mismo material y volumen cilíndrico. Son los molinos conocidos con el nombre de metate americano.
Plano de Coello 1850-70
Su funcionamiento consistía simplemente en hacer girar la piedra superior sobre la inferior, accionándola manualmente con una palanca dispuesta de forma lateral, el grano se iba alimentando por un agujero que llevaba la rueda superior.
Básicamente podemos distinguir tres clases de molinos; los de sangre, movidos por tracción animal, los de viento y los más numerosos, los de agua. Ciñéndonos al molino que nos ocupa y que no es otro que el situado en el paraje del Morelló en término de Calpe, este utilizaba como fuerza motriz el viento. Estos molinos constan básicamente de una gran torre, la altura de la cual viene determinada por la longitud de las antenas, este tipo de molino no suele tener adosadas otras edificaciones ya que la cúpula superior tiene que ser giratoria para aprovechar la dirección del viento. Para poder desarrollar su trabajo el molinero tenía que ajustar las aspas y colocar las velas frente al viento. Las velas eran unas lonas tendidas sobre las aspas.
Década de 1920
Como la molienda se efectuaba en el piso superior, el molinero tenía que subir los costales de trigo o cebada a cuestas por la escalera que en todos los casos era de caracol. Después echaba el grano en la tolva, de donde va cayendo a la canalilla, y de ahí, por efecto del roce de la manecilla sobre la piedra, se precipita poco a poco por el ojo de la piedra volandera  y es triturado entre ambas piedras. La inclinación de la canalilla se puede regular, de manera que caiga más o menos cantidad de grano. Un ingenioso aparato sonoro avisaba al molinero que el grano estaba a punto de acabarse, lo que podía provocar un recalentamiento de las piedras con el perjuicio consiguiente para el instrumental y para el producto. Las piedras (llamadas muelas) van asentadas sobre la bancada y protegidas por un guardapolvo de madera u hojalata. La muelas la inferior fija y la superior móvil de unos 1,40 metros de diámetro y agujerada en su parte central por donde entra el grano. Según la separación de las piedras que el molinero consigue utilizando el alivio se obtienen así harinas de distintas calidades.
El producto de la molienda, harinas y afrecho (salvado) salen por la piquera al harinal. Transportado este producto a la sala de cernido, se concluye con las operaciones de clasificación.
Todo este proceso se hallaba tradicionalmente reglamentado por Ordenanzas que garantizaban el buen funcionamiento de un sistema básico en la economía de nuestra sociedad.
Cada 10 ó 12 fanegas había que picar la piedra blanca, y esto, si se tenía una buena clientela, si no era a diario, era un día sí y otro no. Para proceder al picado de las muelas, lo primero era levantar la volandera. Este trabajo se hacía con una cabria, grúa de tornillo, generalmente de madera de castaño o de cerezo, con dos abrazaderas de hierro que enganchan en la piedra; primero se sacaba la piedra de la lavija girando el tornillo; desde ese momento se le daban vueltas a la piedra para colocarla sobre el mozo, banco de madera de cuatro patas, donde se picaba. Con tan sencillo mecanismo se levantaban con facilidad los 500 kilos de la piedra.
En los molinos que no tenían cabria, este trabajo requería de una gran habilidad: se levantaba con barrillas y palancas, calzándola poco a poco, hasta introducir las piquetas de hierro, y los rodillos, uno por cada lado. Con ayuda del mayal se rueda hasta volcarla en el harinal, donde se calza con las costillas; se cambia entonces la posición del mayal y se empuja hasta conseguir colocarla fuera del harinal, horizontal, sobre el mozo. Para picar la piedra, las herramientas que se utilizan son picos de punta en la parte central y piquetas para los bordes. En esta tarea se emplean unas 2 ó 3 horas, para solera y volandera. Las estrías han de ir del centro, del ojo, de la piedra a la orilla, en forma radial en una de las piedras, y en forma helicoidal --en el sentido de giro de la piedra-- en la otra, de manera que estén «encontradas» y den un mejor corte. La forma del dibujo se alterna de una piedra a otra en las sucesivas picaduras «para que tenga más muela». Unas estrías más profundas, repartidas regularmente en la superficie de la piedra, en forma radial o perpendicular a los radios y en el mismo sentido de giro, permiten que esta «respire», se refrigere: después de 15 ó 20 fanegas a pleno rendimiento, la temperatura que alcanzan las piedras por efecto del rozamiento puede llegar a quemar la harina.
Las estrías tienen también la función de facilitar la entrada del grano en las piedras y la salida de la harina. El conocimiento de la técnica del picado de la piedra es lo que da en la práctica la condición de molinero.
Hasta aquí tenemos una somera explicación de las labores desarrolladas por el molinero, incluso contando con la colaboración familiar tan necesaria en aquellos años.
Los molinos de viento entraron en decadencia a finales del siglo XIX. El todavía incipiente uso de la electricidad que propició la mecanización de ellos, así como la implantación de fábricas de harina en plan industrial. Suponemos que el molino del Morelló no fue ajeno a esta situación. Tengamos en cuenta de que este molino (por la fuentes consultadas) no tuvo una larga vida. Veamos con que documentación contamos: En 1792 el botánico Cavanilles explora en profundidad toda la zona del Morelló y encuentra los primeros rastros de mosaicos en el yacimiento romano de los Baños de la Reina, en ningún momento cita ni torre de defensa ni molino en esa área. En el Diccionario de Pascual Madoz de 1845 no se nombra ningún molino harinero en Calpe, ni de viento ni de agua. Si los nombra en Benisa ( dos de viento) o los seis de viento y dos de agua de Teulada. Por tanto ello nos da a pensar de que no existía el molino todavía y que posiblemente este fuera edificado en las décadas siguientes. En el  plano de Coello referente a Calpe ya existe el molino marcado, aunque no podemos datar exactamente a que fecha corresponde, parece probable sea en 1859. Hay planos de Coello desde 1850 hasta 1870. Creemos por tanto que la construcción del molino tuvo lugar en la década de 1850.
 En el Censo de solares y viviendas de 1893 el propietario del molino –y molinero- era Pedro Ferrer Signes nacido en 1825, vecino de la calle la Ermita número 1. Posiblemente esta persona de profesión molinero fuese el constructor del molino y también posiblemente con su muerte se terminara la vida útil de este molino. Lo cierto es que nadie relacionado con la familia Llopis (familia que ha tenido la propiedad durante más de 80 años) con los que hemos contactado nos ha podido confirmar el que su familia utilizase el molino para moler granos.
 En la primera década del siglo XX, el molino y gran parte de las tierras limítrofes pasan a ser propiedad de Antonio Llopis, terrateniente de la vecina Benisa. Muy pocos años más tarde ya en el catastro de 1916 estas tierras ( 8.310 metros cuadrados y el molino) son propiedad de la hija del mencionado Antonio; Teresa Llopis Ivars. En 1961 continuaba la misma propietaria y de ella posteriormente a su hijo Gines Font Llopis casado con Maria Albanell Más ( sobrina del propietario del Peñón de Ifach José Más Capó) y que han sido los últimos propietarios del Molino del Morelló antes de su venta a una promotora. Durante bastantes años residía esporádicamente en el molino el “ti Vicent de Tarrós” con su esposa Maria y cinco hijos, aunque parece ser que su estancia se limitaba a cuidar y vigilar las uvas durante la época del buen tiempo. Esta costumbre estaba muy arraigada en los propietarios de las uvas de moscatel que se encontraban cercanas a los caminos, ya que los marineros ( más de 400 en aquellos años) solían bajar caminando hacía la playa y muchos de ellos tenían la costumbre de coger uvas para comer.
Actualmente, el molino del Morelló próximo a cumplir 150 años de edad espera el día en que pueda ser rehabilitado.

Andrés Ortolá Tomás

Bibliografía
Universidad de Oviedo
Calpe, Tierra y Almas
Diversas fuentes

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